Nuestra bella y absurda humanidad

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Ayer al despertar un pensamiento me puso muy triste, y traté de explicarme por qué nosotros los humanos tenemos una tendencia disfrazada de amor frente a la destrucción de la belleza, o a lo que nos hace sentir felicidad y asombro.

¡Cuántas veces vemos una flor! Y la tentación de arrancarla es más grande, es como si el observarla, sentir su aroma o el solo hecho de su existencia no fuera suficiente.

Y lo mismo hacemos con lo diferentemente, lo nuevo, lo exótico, lo bello o lo que pensamos fuera de nuestro alcance.

Si encontramos una nueva especie, primero nos asombramos, nos maravillamos, pero tarde o temprano la capturamos, la estudiamos, la perseguimos, la diseccionamos con la excusa que es en post de la ciencia, del conocimiento, del bien para todos.

Cuando conocemos a alguien excepcional hacemos lo mismo, primero asombro, admiración y luego estrujamos su belleza interna o externa pensando que tal vez ocurra un milagro y nos convirtamos en él o ella. ¡O peor aún! Hay quienes se sienten tan abrumados frente a su belleza, inteligencia, luz, compasión o creatividad que se vuelven su Némesis y las persiguen para encontrar algún defecto o error que demuestre su pobre humanidad.

El comerme una rosa no me volverá de seda, el capturar pájaros exóticos no me volverá más libre, el estrujar los dones de otros no me volverá más inteligente, sabio o hermoso. Todas estas condiciones, y lo escribo desde mi más profunda certeza, están en nosotros esperando igual que una semilla a ser descubiertas y florecer.

Cuando traspasas el límite de la belleza, y no sólo te conformas con «estar en», «sentir en», tarde o temprano terminarás matando a esa gallina de los huevos de oro.

 

Dejemos a los bondadosos hacer lo suyo…

Dejemos a los alegres hacer lo suyo…

Dejemos a los soñadores hacer lo suyo…

Dejemos a los intelectuales hacer lo suyo…

Dejemos a la vida hacer lo suyo.

 

Y lo más importante: Déjate a ti mismo hacer lo tuyo y verás que luego serás igual de bello, luminoso e increíble que aquello que admiras.

María José Tardón García (A.E)